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Viajero M

El pueblo que toca el cielo

30 de Septiembre del 2019

Hoy salimos muy temprano del hostal donde nos quedamos, nuestro destino era ir a un lugar reconocido turísticamente como uno de los pueblos mágicos de Puebla.

Emprendimos el viaje con un poco de incertidumbre de a qué hora salía el autobus.

En este país donde reina la corrupción y la ley del mínimo esfuerzo no pudimos encontrar los horarios de los autobuses que necesitábamos tomar ni por vía telefónica ni por internet ni por ningún medio. La única manera era llegar directo a taquilla y comprarlos.

Llegamos 7:51 de la mañana y preguntamos en diferentes líneas de autobuses por los horarios. A mi me atendió una recepcionista trajeada, desmañanada, de cabello chino y de tez morena a quien no se le notaban ganas de vivir «¿A qué hora sale el autobús?» Muy amablemente me contestó «A las 8» vi la hora en mi celular y me dirigí lo más rápido que pude con Danny que estaba preguntando en otra línea.

¿Mi amor que sale a las 8, lo tomamos? Es en 9 minutos?
Si, tomémoslo- me contestó.
Nos dirigimos de nuevo al mostrador, compramos los boletos y corrimos directo al autobús.
Afortunadamente llegamos a tiempo.

Algo que me parece muy curioso de los autobuses en México es que las paradas son a veces en terminal, a veces en calles y a veces en carreteras. Desde que vimos que un autobús hacía parada en una carretera para dejar a unas personas nos entró una angustia cada vez que subíamos a un autobús sobre el día que nos tocara una parada en carretera.

Pues ese día llegó en esta aventura, la parada para bajarse al pueblo que toca el cielo era en carretera. Afortunadamente a los alrededores de la carretera había comunidades por lo que fue muy fácil ubicarnos.

El nuevo problema que acababa de surgir era: compramos los boletos de salida en una terminal, si aquí ,donde nos están bajando no hay terminal, entonces…¿dónde rayos vamos a comprar los boletos para ir a nuestro siguiente destino?

Rápidamente en mi cabeza surgieron pensamientos extraños «esto es como estar atrapados» «como puede ser que lineas de autobuses que son empresas grandes se manejen de forma tan austera?» Detuve esos pensamientos tan rápido como pude y acordé con Danny preguntar de una vez cómo trasladarnos a nuestro siguiente destino.

Preguntamos en algunos puestos y me indicaron las instrucciones pero esa es otra historia.

Llegamos al pueblo que toca el cielo. Primero el hospedaje, un lugar rústico con mucha historia y una perfecta ubicación.
La joven chica que nos recibió no perdió ni un segundo para hacernos saber que subir al cielo era lo más importante que debíamos hacer en el pueblo. En otras palabras «subir al mirador, a la cruz del pueblo». Le preguntamos cómo debíamos empezar nuestro camino y rápidamente nos orientó.

Ahí nos tienen a Danny y a mi metidos de nuevo en una combi, dirigiendonos al cielo.
«¡Aquí es! Sigan ese sendero, llegarán a unas escaleras y no hay pierde, sólo queda subir» nos comentó el conductor.
Nos dimos a la tarea de seguir sus instrucciones y exactamente como nos dijo llegamos al inicio de la escalinata.
Ahorita que lo pienso, sí es como subir al cielo. Enfrente de nosotros una escalinata se presentaba con curvas que se perdían y se asomaban entre la naturaleza.

Subimos y subimos, aguantando el calor húmedo y sudando a cada paso.
Llego un punto en el camino en el que veíamos como las nubes atravesaban la montaña. Estábamos tocando el cielo, las nubes se desplazaban más rápido de lo que uno creería y nos atravesaban invitándonos a seguir subiendo.

Por fin llegamos a la cruz, un monumento enorme que conecta con el cielo y que implica el final del camino. Volteamos a la derecha, un mirador con piso de cristal sería el siguiente reto.

Con un poco de valor, atravesamos el piso de cristal y desde ahí, pudimos apreciar el pueblo en una planicie formada entre las cimas de las montañas,

El pueblo rosa constantemente el cielo y es visitado por las nubes. Uno desde el mirador puede ver perfectamente la conexión entre cielo y tierra y eso es maravilloso.

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