Saltar al contenido
Viajero M

Cuando Todo Fue Perfecto

Barranca de los Jilgueros

Como parte de nuestra ruta decidimos visitar los pueblos mágicos de Puebla. Nos los dividimos para investigarlos y decidir juntos a cuáles iríamos tomando en cuenta las ganas, el tiempo y la distancia. Ni siquiera había prendido la compu cuando yo ya sabía que Zacatlán de las manzanas estaría en esa lista.

¿Por qué? No tenía una explicación; no sabía qué se hacía en ese lugar, qué se veía y el colmo, ni siquiera me gustan las manzanas. Sólo sabía que quería ir. Probablemente era de esos lugares a los que tu espíritu sabe que pertenece, que hay algo que te espera ahí.

Yo fui la encargada de buscar y elegir el hospedaje de Zacatlán, así como de trazar la ruta de los atractivos que visitaríamos. Me preocupaba un poco el hospedaje ya que, al ser Airbnb, no era posible ver la ubicación exacta. Sabía que no era completamente céntrico, pero no qué tan alejado estaba del centro.

El día llegó y arribamos a Zacatlán. El autobús nos bajó a tres calles del centro ya que no podía entrar más. Héctor puso la dirección que nos había mandado la señora del hospedaje y…no aparecía. Probamos de diferentes maneras y la bendita ubicación no aparecía.

Me resultaba raro, así que prendí mi cel, puse la dirección y…santo remedio, apareció. Comenzamos a caminar y vi que el tiempo estimado para llegar eran 20 minutos caminando. 20 minutos. No había manera que eso fuera “cercano” al centro. Chin.

Con Google maps en la mano y yo guiando el camino, comenzamos a caminar y caminar. De repente, a lo lejos, notamos que se acababa el camino. Viendo el mapa, algo parecía raro; llegaríamos a un lugar en el que no había calles, edificios ni nada y el mapa no marcaba nada en especial ahí. Héctor me preguntó “Amm, ¿cuánto falta?” Yo preocupada le contesté que ocho minutos. Seguimos caminando. En el mapa

De repente, llegamos al final del camino y ante nuestros ojos apareció el paisaje más bonito que he visto en mi vida. El cielo casi despejado, con una que otra nube que parecían haber sido colocadas en ese espacio por el más magnífico pintor. Debajo de este, verde en todas sus tonalidades: verde oliva, verde oscuro, verde a secas, verde iluminado por el sol. Montañas encimadas una en la otra, entre las cuales se asomaban contadas casas, una cascada y dos caminos a lo lejos.

Asombro, éxtasis y ganas de llorar fue lo que sentí en ese momento. ¿Cómo es posible ver algo tan bonito? ¿Tan mágico? La emoción entorno a este lugar comenzó a crecer más y más en mi. ¿Tendríamos que caminar a la orilla de esta magnífica obra todos los días para llegar al centro? ¡Gracias Dios!

Caminamos  a lo largo de este sendero sin dejar de admirarlo hasta que nos detuvimos en otro lugar para admirar de manera centrada lo que la naturaleza nos ofrecía. En ese momento un señor atrás de nosotros, quien había encontrado el mejor lugar del mundo para tocar su armónica y guitarra, comenzó a tocar una melodía.

No pude hacer más que rendirme por completo a este momento que me estaba siendo regalado. Me recargué en el barandal para admirar las montañas, el cielo, y el sol, mientras escuchaba detrás de mi el rasgado de las cuerdas y el soplido convertido en melodía de la armónica; sentí a mi esposo a unos pasos disfrutando del momento igual que yo, en soledad pero acompañados, y dejé caer una lágrimas de emoción y felicidad plena.